miércoles, 26 de enero de 2022

¿IR O NO IR A LA TERAPIA? ¿ES VÁLIDO PEDIR AYUDA?

 

       Danilo Dueñas

            La escuela nos ayuda en la educación de los niños, al sastre le pedimos que arregle el pantalón que nos queda grande, llamamos un taxi para ir a determinado lugar o asistimos al teatro o al estadio para que nos salve no solo de una aterradora tarde de domingo sino de una vida plana. Aunque en nuestro convivir diario pedir ayuda[1] es una constante, hemos crecido imaginando una autosuficiencia negadora del entorno[2]. A continuación señalo algunos puntos que nos podrían servir no para culpar a otros de lo que nos pasa, ni para abandonar cualquier tentativa de solucionar uno mismo/a aquello que nos está ocurriendo, sino para reconocer que, a veces, lo que nos pasa nos sobrepasa. O dicho de otra manera, aquí se señalan algunos puntos que podrían ser importantes o desmitificantes al momento de reconocer que somos vulnerables y que, buscar ayuda psicológica profesional ―una vez que nuestros reiterados intentos de solución personal no logran los resultados deseados― puede no ser atentatorio contra nuestra existencia.

Lo que nos pasa tiene que ver con el colectivo y hay que volver a él

El aislamiento o el silencio solo hacen personal eso que nació con otros, en la relación con otros. Contar, narrar, supone liberar el cuerpo, un poco al menos, de responsabilidades que siendo compartidas fueron percibidas únicamente como propias; o liberarlo de culpas ajenas, hechas propias por un deseo de controlar el acontecimiento. Por ejemplo, las víctimas de abuso sexual suelen sentirse culpables de lo ocurrido, cargando de esta manera no solo con los devastadores efectos del acto violento, sino también dejando en la impunidad al único culpable, al abusador (lo que a veces supone un nuevo remordimiento).

Contar, narrar, nos señala un valor, porque sentimos que aquello que contamos tiene importancia para quien escucha. Sin embargo, el mayor valor proviene de la sensación de que una conversación coloca, en igual plano, la condición humana con el otro aún a costa de narrar eso que creíamos nos expondría como abyectos/as. Conversar del dolor es ya estar a nivel de cualquier vida humana. Conversar del dolor nos puede retirar de ese espacio trágico de excepcionalidad donde creíamos nos había colocado lo vivido.

Conversar entonces, cuando no estamos bien, sería llevar lo que nos duele más allá del cuerpo ―retirarlo de la carne propia―, casi como un gesto de hastío y rebeldía. Para eso el otro/a, los otros/as, pueden ser de mucha ayuda: no el lugar donde caen las palabras, sino con quienes elaboramos el escenario para el nacimiento de ellas. Las nuestras, las desconocidas, las que hablen de nosotros.

Sobreviviremos al relato

Imaginarnos narrando los acontecimientos que nos provocan malestar o imaginarnos narrando experiencias desafortunadas podría ocasionarnos miedo y angustia, a veces también vergüenza o rabia. Eso imaginamos, eso sucede a priori. Como la experiencia de narrar o conversar es, como toda experiencia, un hecho incontrolable, algo que suele ocurrir es que el desarrollo y desenlace de la decisión de hablar tiene muy poco que ver con aquello que habíamos imaginado. No solo porque la experiencia de narrar es un hecho creativo que, como tal, encuentra ―elabore― cosas nuevas en su desarrollo (valga decir, resignificantes), sino también porque la emoción dominante en la persona, durante o después del conversar, es de tranquilidad. Una especie de sobrevivencia al relato que a su vez transforma, un poco (que ya es mucho), la relación con el hecho o los hechos relatados.

Podría haber puntos ciegos en aquello que percibimos[3]

No ver que no vemos algo de lo que sucede, nos puede pasar a todos en cualquier momento. Y esa invisibilidad podría estar ayudando a mantener una situación que nos genera malestar. Un ejemplo de esto podrían ser los intentos reiterados de solución a un determinado problema que, aún siendo evidente el fracaso de estos intentos en la solución los seguimos empleando, sin imaginar que, precisamente, el insistir en su empleo ayuda a mantener el problema. La invisibilidad en estos casos ocurre porque el tipo de solución empleado había sido eficaz en otros tiempos, o en problemáticas similares, y ocurre también porque acostumbramos suponer que la solución a los impases que se producen en la convivencia humana necesitan una respuesta lógica, positiva, racional[4]. Un ejemplo que podría mostrar la fragilidad de este imaginario es el siguiente: Una madre preocupada porque el hijo de tres años amanece a veces descobijado, empieza a pensar que cualquier día podrá pillar un gran resfriado. Para prevenir la enfermedad ella lo que hace es llevarlo a la cama —a la hora de dormir— arropándolo con algo más que el pijama; sin apenas imaginar que el calor que ahora siente el niño será la razón por la que cada noche él pateará las cobijas y amanecerá descubierto. Ella, por supuesto, como buena madre que es, insistirá en lo que cree es la solución.

            Es una fuerza

A veces el miedo, el minimizar determinado malestar, o las sensaciones de autosuficiencia pueden estar profundizando padecimientos que no solo sean innecesarios para la familia, sino también que menoscaben las relaciones. En un escenario así el dejarse ayudar será una voluntad importante al servicio del cambio.  

         No somos individuos exitosos sino seres humanos capaces de conocer el dolor

       Reconocernos vulnerables, en un mundo que pregona el ideal del éxito, será casi como sentirnos culpables. Y sin embargo, habíamos dicho, esa vulnerabilidad podría ser una fuerza[5]. De otro lado, algo así como tocar tierra; como un reconocimiento del terreno que nos indica hasta donde puede llegar el cuerpo, o cuanto menos, que nos señala que su viaje puede tener límites; somos mortales, algunas cosas podemos y otras no tanto, desconocemos (ignoramos), no podemos tener control sobre los eventos y, sin embargo, tenemos al cuerpo ahí, parafraseando al poeta Whitman: gastándolo como condición para hacer la vida. Más que seres racionales, somos relacionales y eso supone muchas más puertas. Podemos transitar centímetro a centímetro la extensión del dolor y emerger con el reconocimiento de que hemos vivido, o detenernos en un punto del camino y desde ahí lanzar señales a que nos rescaten. Todo válido si ese es nuestro deseo y, por supuesto, también el acto de no hablar.

            Nuestra carrera de aprendizaje no ha terminado

No solo que usamos el verbo ser para caracterizar algo, o a alguien, revistiendo con esa caracterización una propiedad permanente que le atribuimos al otro (o a uno mismo/a). Usamos también este verbo ―el primero cuando aprendemos un segundo idioma― para decir ya no solo como se llaman las cosas sino para definirlas (dotarlas de un final, de unos límites), para decir que son ellas o que no son. O sea, con el verbo ser hacemos ese salto desde la percepción y la imaginación (con sus límites laxos y borrosos) hacia aquello que hemos denominado realidad (menos difusa que la imaginación, creemos, con límites precisos y, por supuesto, al alcance del lenguaje). El verbo ser crea la realidad[6] y nuestra identidad. Quizá por eso el cibernetista Von Foester sugería que nos autodenominásemos devenires humanos en lugar de seres humanos, para que quedase visible, en el lenguaje, esa condición cambiante de la naturaleza humana y de toda la materia misma, sea viviente o no.

A veces somos demasiado ciertos (definitivos, definidores/as) en la descripción que hacemos de nosotros mismos y eso nos impide reconocer señales que más bien nos podrían mostrar una figura interactuante en un tejido relacional con otros y otras (figura entrelazada en ese contexto). Figura que toma forma ―nueva― con esos otros y otras (flujo discontinuo, diferencia constante) ya no en el tiempo, sino en el hacer. Quzá diferente (multiplicidad) a aquella que es atrapada por nuestra palabra y descripción (Palabra y descripción que nos individualiza ―desarraiga―, nos retira la singularidad de cada presente relacional, un contexto y la espacialidad de las emociones). Con el verbo ser la incertidumbre, la singularidad y el movimiento tienen poco espacio de distinción y, como correlato, hemos elaboramos esos atropellos que llamamos identidad, personalidad, enfermedad. Se puede ir a terapia para que un interlocutor que no juzgue nos ayude, desde otro lado, a reconocer la fragilidad y aventura del verbo que atormentara a Hamlet. Paradójicamente, para rescatar esa duda, el espacio no nombrado que le reconocemos al otro y a uno mismo, para rescatar esa posibilidad emergente (devenir) ya ni siquiera de un cuerpo que evoluciona en el tiempo, sino de un cuerpo que se re-elabora en cada hacer y en cada encuentro. Un cuerpo sin continuidad. (un cuerpo que pueda trascender el propio relato de sí mismo, que lo maniataba).

            Quizá haga falta que alguien nos recuerde nuestras fortalezas.

En medio de una crisis emocional alguien podría comenzar a sentirse frustrado, fracasado, incapaz de algo, responsable o culpable. Así, la mirada de sí podría solo registrar aquellas experiencias negativas que confirmen lo poco que creemos valer. Sumergidos en tales emociones el sentido que damos a las cosas no será sino la extensión ―justiciera― del malestar; lo que ahondará en esa fragmentación o negación que estemos haciendo de nosotros mismos/as.

       Que alguien nos recuerde nuestras fortalezas no se refiere a la emisión de fracesitas positivas que pueden ser dichas a cualquiera, sin reconocimiento de ninguna singularidad (ni de la frase, ni del otro/a). El emerger de nuestras fortalezas quizá tenga que ver con la propia observación del carácter relacional (compartido) de nuestra existencia, donde subyacen los afectos (no siempre visibles); con la producción de nuevas miradas y otros sentidos sobre nuestro hacer en un entorno; con la re-significación no culpabilizante y con la percepción ―algo más generosa― de nuestra participación. Al mismo tiempo, el dar valor a nuestras fortalezas será posible en un cuerpo que sea capaz de reconocer(se). 

            Reconocerse (verbo reflexivo: el sujeto realiza la acción y los efectos de su acción los recibe él/ella mismo), entonces, parecería ser ese recorrido que empieza una vez que hemos transitado ―el multitudinario― reconocer (el sujeto realiza la acción y los otros/as reciben los efectos de su accionar). Como si sin la presencia del otro/a no tuviésemos la posibilidad de llegar a nosotros mismos. Como si en ausencia de ese otro/a, en ausencia de un relacionarnos con él/ella no habría el aprendizaje para poder mirarnos y desarrollar[7]

            Estamos formados en el pensamiento lineal, racional, determinista

Herederos de la tradición mecanicista podemos, con seguridad, explicar el porqué un auto, por ejemplo, puede no arrancar un día cualquiera. Sin embargo, aquel aprendizaje de buscar las causas que originan los fenómenos no solo que será de poco valor sino que quizá nos confunda a la hora de buscar una comprensión de lo humano, las relaciones sociales o lo que nos pasa. En el territorio de lo social hay mucha más complejidad, y el emerger de nuestras acciones está directamente relacionado más con el con-vivir que con la individualidad. Insertos, como estamos, en redes o tejidos relacionales se hace necesario abordar esos entornos (con sus características como sistemas y no como sumas de individuos) que dan sentido a lo que nos pasa. La pareja, por ejemplo es una emergencia que no es ni él ni ella, sino una tercera categoría, una construcción relacional que emerge como elaboración de entidades que se comunican, relacionan, retroalimentan y se transforman según ese espacio relacional. La suma de uno más uno, en las relaciones sociales, no es igual a dos. Sino a tres. La lógica de los sistemas sociales no es la lógica de las causas y los efectos sino un mecanismo circular de retroalimentación y retroacción donde las causas son consecuencias y las consecuencias causas. Dejarse ayudar, en este sentido, sería algo así como reconocer la presencia (los contenidos) de las otras miradas del espacio relacional donde habitamos y, sobre todo, la presencia de emociones ya no solo de esos otros/as cercanos, sino las nuestras motivando toda clase de acciones y relaciones.

           



[1] Entiéndase el carácter de necesidad en esto de pedir ayuda. No se pretende, en este escrito, dar a entender que el mundo relacional de los seres humanos es una forma de pedir ayuda.

[2] Ambiente y entorno deben ser distinguidos como diferentes. El primero está constituido por todos los parámetros que un observador distingue sin considerar al organismo. El entorno es todo aquello especificado por el organismo y se expresa por las conductas emergentes de la relación organismo-entorno, resulta la expresión actual de ese proceso histórico (Lavanderos y Malpartida, 2009)

[3]…nos muestra «el enunciado de indecibilidad» de Gödel, precisamente quien forma parte de un sistema no tiene la capacidad de proporcionar una observación y una valoración plena y correcta del mismo. En cambio, quien interacciona con este sistema desde el exterior, entrando y saliendo, goza de un punto de vista privilegiado. (Nardone, 2008).

[4] Watzlawick, 2002

[5] Lo que nos hace ‘humanos’ no es la obediencia a un orden moral, a un código universal, sino el reconocimiento de nuestra condición de vulnerabilidad. (MÉLICH, J. 2010)

 [6] Cecchin, 2001

[7] “… una pesona capaz de decir <<yo>>, de saber que existe y que solo puede, en mi opinión, acceder a este saber mediante el contacto con el otro” (Jacquard, 2004).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA NEUTRALIDAD, ESA PALABRA INNECESARIA

                                                                                                                                            ...