Danilo Dueñas
La
escuela nos ayuda en la educación de los niños, al sastre le pedimos que
arregle el pantalón que nos queda grande, llamamos un taxi para ir a
determinado lugar o asistimos al teatro o al estadio para que nos salve no solo
de una aterradora tarde de domingo sino de una vida plana. Aunque en nuestro
convivir diario pedir ayuda
es una constante, hemos crecido imaginando una autosuficiencia negadora del
entorno.
A continuación señalo algunos puntos que nos podrían servir no para culpar a
otros de lo que nos pasa, ni para abandonar cualquier tentativa de solucionar
uno mismo/a aquello que nos está ocurriendo, sino para reconocer que, a veces,
lo que nos pasa nos sobrepasa. O dicho de otra manera, aquí se señalan algunos puntos
que podrían ser importantes o desmitificantes al momento de reconocer que somos
vulnerables y que, buscar ayuda psicológica profesional ―una vez que nuestros reiterados
intentos de solución personal no logran los resultados deseados― puede no ser
atentatorio contra nuestra existencia.
Lo que nos pasa tiene que ver con el
colectivo y hay que volver a él
El aislamiento o el silencio
solo hacen personal eso que nació con otros, en la relación con otros. Contar,
narrar, supone liberar el cuerpo, un poco al menos, de responsabilidades que
siendo compartidas fueron percibidas únicamente como propias; o liberarlo de
culpas ajenas, hechas propias por un deseo de controlar el acontecimiento. Por
ejemplo, las víctimas de abuso sexual suelen sentirse culpables de lo ocurrido,
cargando de esta manera no solo con los devastadores efectos del acto violento,
sino también dejando en la impunidad al único culpable, al abusador (lo que a
veces supone un nuevo remordimiento).
Contar, narrar, nos señala un valor, porque sentimos que aquello que contamos tiene importancia
para quien escucha. Sin embargo, el mayor valor proviene de la sensación de que una conversación coloca, en igual
plano, la condición humana con el otro —aún a costa de narrar eso que creíamos nos expondría como abyectos/as—. Conversar del dolor es ya estar a nivel de cualquier vida humana. Conversar del dolor nos puede retirar de ese
espacio trágico de excepcionalidad donde creíamos nos había colocado lo vivido.
Conversar entonces, cuando no
estamos bien, sería llevar lo que nos duele más allá del cuerpo ―retirarlo de
la carne propia―, casi como un gesto de hastío y rebeldía. Para eso el otro/a,
los otros/as, pueden ser de mucha ayuda: no el lugar donde caen las palabras,
sino con quienes elaboramos el escenario para el nacimiento de ellas. Las
nuestras, las desconocidas, las que hablen de nosotros.
Sobreviviremos
al relato
Imaginarnos narrando los
acontecimientos que nos provocan malestar o imaginarnos narrando experiencias desafortunadas podría
ocasionarnos miedo y angustia, a veces también vergüenza o rabia. Eso
imaginamos, eso sucede a priori. Como
la experiencia de narrar o conversar es, como toda experiencia, un hecho incontrolable,
algo que suele ocurrir es que el desarrollo
y desenlace de la decisión de hablar tiene muy poco que ver con
aquello que habíamos imaginado. No solo porque la experiencia de narrar es un
hecho creativo que, como tal, encuentra ―elabore― cosas nuevas en su desarrollo
(valga decir, resignificantes), sino también porque la emoción dominante en la
persona, durante o después del conversar, es de tranquilidad. Una
especie de sobrevivencia al relato que a su vez transforma, un poco (que ya es
mucho), la relación con el hecho o los hechos relatados.
Podría
haber puntos ciegos en aquello que percibimos
No ver que no vemos algo de lo
que sucede, nos puede pasar a todos en cualquier momento. Y esa invisibilidad podría estar ayudando a
mantener una situación que nos genera malestar. Un ejemplo de esto podrían ser
los intentos reiterados de solución a un determinado problema que, aún siendo
evidente el fracaso de estos intentos en la solución los seguimos empleando,
sin imaginar que, precisamente, el insistir en su empleo ayuda a mantener el
problema. La invisibilidad en estos
casos ocurre porque el tipo de solución empleado había sido eficaz en otros
tiempos, o en problemáticas similares, y ocurre también porque acostumbramos
suponer que la solución a los impases que se producen en la convivencia humana necesitan
una respuesta lógica, positiva, racional.
Un ejemplo que podría mostrar la fragilidad de este imaginario es el siguiente:
Una madre preocupada porque el hijo de tres años amanece a veces descobijado,
empieza a pensar que cualquier día podrá pillar un gran resfriado. Para
prevenir la enfermedad ella lo que hace es llevarlo a la cama —a la hora de
dormir— arropándolo con algo más que el pijama; sin apenas imaginar que el
calor que ahora siente el niño será la razón por la que cada noche él pateará
las cobijas y amanecerá descubierto. Ella, por supuesto, como buena madre que
es, insistirá en lo que cree es la solución.
Es
una fuerza
A veces el miedo, el minimizar
determinado malestar, o las sensaciones de autosuficiencia pueden estar profundizando
padecimientos que no solo sean innecesarios para la familia, sino también que
menoscaben las relaciones. En un escenario así el dejarse ayudar será una
voluntad importante al servicio del cambio.
No
somos individuos exitosos sino seres humanos capaces de conocer el dolor
Reconocernos vulnerables, en un mundo que
pregona el ideal del éxito, será casi como sentirnos culpables. Y sin embargo,
habíamos dicho, esa vulnerabilidad podría ser una fuerza.
De otro lado, algo así como tocar tierra; como un reconocimiento del terreno
que nos indica hasta donde puede llegar el cuerpo, o cuanto menos, que nos
señala que su viaje puede tener límites; somos mortales, algunas cosas podemos
y otras no tanto, desconocemos (ignoramos), no podemos tener control sobre los
eventos y, sin embargo, tenemos al cuerpo ahí, parafraseando al poeta Whitman:
gastándolo como condición para hacer la vida. Más que seres racionales, somos
relacionales y eso supone muchas más puertas. Podemos transitar centímetro a
centímetro la extensión del dolor y emerger con el reconocimiento de que hemos
vivido, o detenernos en un punto del camino y desde ahí lanzar señales a que
nos rescaten. Todo válido si ese es nuestro deseo y, por supuesto, también el
acto de no hablar.
Nuestra
carrera de aprendizaje no ha terminado
No solo que usamos el verbo ser
para caracterizar algo, o a alguien, revistiendo con esa caracterización una
propiedad permanente que le atribuimos al otro (o a uno mismo/a). Usamos
también este verbo ―el primero cuando aprendemos un segundo idioma― para decir
ya no solo como se llaman las cosas sino para definirlas (dotarlas de un final,
de unos límites), para decir que son ellas o que no son. O sea, con el verbo
ser hacemos ese salto desde la percepción y la imaginación (con sus límites
laxos y borrosos) hacia aquello que hemos denominado realidad (menos difusa que
la imaginación, creemos, con límites precisos y, por supuesto, al alcance del
lenguaje). El verbo ser crea la realidad
y nuestra identidad. Quizá por eso el cibernetista Von Foester sugería que nos
autodenominásemos devenires humanos en lugar de seres humanos, para que
quedase visible, en el lenguaje, esa condición cambiante de la naturaleza
humana y de toda la materia misma, sea viviente o no.
A veces somos demasiado ciertos
(definitivos, definidores/as) en la descripción que hacemos de nosotros mismos
y eso nos impide reconocer señales que más bien nos podrían mostrar una figura
interactuante en un tejido relacional con otros y otras (figura entrelazada en
ese contexto). Figura que toma forma ―nueva― con esos otros y otras (flujo discontinuo,
diferencia constante) ya no en el tiempo, sino en el hacer. Quzá diferente (multiplicidad)
a aquella que es atrapada por nuestra palabra y descripción (Palabra y
descripción que nos individualiza ―desarraiga―, nos retira la singularidad de
cada presente relacional, un contexto y la espacialidad de las emociones). Con
el verbo ser la incertidumbre, la singularidad y el movimiento tienen poco
espacio de distinción y, como correlato, hemos elaboramos esos atropellos que
llamamos identidad, personalidad, enfermedad. Se puede ir a terapia para que un
interlocutor que no juzgue nos ayude, desde otro lado, a reconocer la
fragilidad y aventura del verbo que atormentara a Hamlet. Paradójicamente, para
rescatar esa duda, el espacio no nombrado que le reconocemos al otro y a uno
mismo, para rescatar esa posibilidad emergente (devenir) ya ni siquiera de un
cuerpo que evoluciona en el tiempo, sino de un cuerpo que se re-elabora en cada
hacer y en cada encuentro. Un cuerpo sin
continuidad. (un cuerpo que pueda trascender el propio relato de sí mismo, que lo maniataba).
Quizá
haga falta que alguien nos recuerde nuestras fortalezas.
En medio de una crisis emocional
alguien podría comenzar a sentirse frustrado, fracasado, incapaz de algo,
responsable o culpable. Así, la mirada de sí podría solo registrar aquellas experiencias negativas que confirmen lo poco que
creemos valer. Sumergidos en tales emociones el sentido que damos a las cosas
no será sino la extensión ―justiciera― del malestar; lo que ahondará en esa fragmentación o negación que estemos haciendo de nosotros mismos/as.
Que alguien nos recuerde nuestras
fortalezas no se refiere a la emisión de fracesitas positivas que pueden ser
dichas a cualquiera, sin reconocimiento de ninguna singularidad (ni de la
frase, ni del otro/a). El emerger de nuestras fortalezas quizá tenga que ver
con la propia observación del carácter relacional (compartido) de nuestra existencia, donde
subyacen los afectos (no siempre visibles); con la producción de nuevas miradas
y otros sentidos sobre nuestro hacer en un entorno; con la re-significación no
culpabilizante y con la percepción ―algo más generosa― de nuestra participación.
Al mismo tiempo, el dar valor a nuestras fortalezas será posible en un cuerpo
que sea capaz de reconocer(se).
Reconocerse
(verbo reflexivo: el sujeto realiza la acción y los efectos de su acción los
recibe él/ella mismo), entonces, parecería ser ese recorrido que empieza una
vez que hemos transitado ―el multitudinario― reconocer (el sujeto realiza la
acción y los otros/as reciben los efectos de su accionar). Como si sin la
presencia del otro/a no tuviésemos la posibilidad de llegar a nosotros mismos.
Como si en ausencia de ese otro/a, en ausencia de un relacionarnos con él/ella
no habría el aprendizaje para poder mirarnos y desarrollar
Estamos formados en el pensamiento
lineal, racional, determinista
Herederos de la tradición
mecanicista podemos, con seguridad, explicar el porqué un auto, por ejemplo,
puede no arrancar un día cualquiera. Sin embargo, aquel aprendizaje de buscar
las causas que originan los fenómenos no solo que será de poco valor sino que
quizá nos confunda a la hora de buscar una comprensión de lo humano, las relaciones
sociales o lo que nos pasa. En el territorio de lo social hay mucha más
complejidad, y el emerger de nuestras acciones está directamente relacionado
más con el con-vivir que con la individualidad. Insertos, como estamos, en
redes o tejidos relacionales se hace necesario abordar esos entornos (con sus
características como sistemas y no como sumas de individuos) que dan sentido a
lo que nos pasa. La pareja, por ejemplo es una emergencia que no es ni él ni
ella, sino una tercera categoría, una construcción relacional que emerge como
elaboración de entidades que se comunican, relacionan, retroalimentan y se transforman
según ese espacio relacional. La suma de uno más uno, en las relaciones
sociales, no es igual a dos. Sino a tres. La lógica de los sistemas sociales no
es la lógica de las causas y los efectos sino un mecanismo circular de
retroalimentación y retroacción donde las causas son consecuencias y las
consecuencias causas. Dejarse ayudar, en este sentido, sería algo así como
reconocer la presencia (los contenidos) de las otras miradas del espacio
relacional donde habitamos y, sobre todo, la presencia de emociones ya no solo
de esos otros/as cercanos, sino las nuestras motivando toda clase de acciones y
relaciones.
Ambiente y entorno deben ser distinguidos como
diferentes. El primero está constituido por todos los parámetros que un
observador distingue sin considerar al organismo. El entorno es todo aquello
especificado por el organismo y se expresa por las conductas emergentes de la
relación organismo-entorno, resulta la expresión actual de ese proceso
histórico (Lavanderos y Malpartida, 2009)
Lo que nos hace ‘humanos’ no es la
obediencia a un orden moral, a un código universal, sino el reconocimiento de
nuestra condición de vulnerabilidad. (MÉLICH, J. 2010)